Aquí la historia huele a café recién tostado, suena a coplas olvidadas en los caminos de herradura y se esconde en los ojos de los ancianos, donde sobrevuelan loros orejiamarillos sobre bosques que aún recuerdan. Pueblo de poetas y santos, Jericó no es un lugar: es un verso antiguo tejido entre montañas, donde el tiempo se queda a dormir en las macetas de las ventanas.